Cerveza entre balazos digitales

Entre consolas, zombis y granos tostados nació la aventura de cocinar cerveza artesanal. Un proyecto que la pandemia apagó, pero cuyo sabor aún fermenta en la memoria

PORTADAPALOMERⒶ

PALOMERⒶ

8/25/20252 min read

Todo empezó una noche de videojuegos. Yo no sabía si la adrenalina venía del control del Xbox o del lúpulo que Sharky ya traía en mente. Éramos los oLSVo y los oFLOWo, reunidos como siempre frente a la pantalla: en Destiny, éramos guardianes sincronizados en incursiones imposibles; en Gears of War, soldados endurecidos contra hordas de locust; en Call of Duty: simplemente matábamos Zombies, sobrevivientes desvelados con el dedo tembloroso en el gatillo.

En medio de esos balazos digitales, Sharky soltó la verdadera bomba: su Sweet Stout café, cocinada en Morelia. Y sí, la cocinaba como si fuera alquimista medieval. Cuando la trajo a Guadalajara, no sólo venía con botellas; venía con la semilla de un proyecto que nos iba a cambiar las noches y los días.

Lo que empezó como un lote por placer se convirtió en un laboratorio en la colonia del Fresno. Ahí, entre vecindades, intentamos despegar un Beer Garden y una cervecería artesanal. Llegamos a cocinar 12 estilos: Blonde Ale, Pale Ale, Amber Ale, Brown Ale, IPA, Porter, Sweet Stout, Imperial Stout… y más.

Cada receta era un ritual: calentar agua con minerales, romper la malta, macerar, añadir el lúpulo exacto, filtrar, enfriar. Y luego la parte menos épica pero más importante: la putiza de lavar todo hasta que brillara como quirófano. ahí El Mopri se la rifaba, al igual que Chon.

La fermentación era otro tipo de espera. Treinta días con la levadura trabajando en silencio, como monjes microscópicos. Tres días más para carbonatar, y entonces sí: la gloria. Espuma, olor, sabor. Una bebida que no sólo refrescaba: contaba una historia.

La embotellada y la etiquetada tenían también su magia. Era casi como bautizar a cada botella, darle identidad y soltarla al mundo. El cuarto de fermentación se volvió un santuario, un lugar donde podías escuchar cómo burbujeaba la vida en vidrio y acero.

La pandemia mató el negocio, pero no el recuerdo. De todas las cosas que he hecho en mi vida, cocinar cerveza fue de las que más disfruté. Extraño, sobre todo, esa Sweet Stout cocinada por Sharky, porque no era sólo cerveza: era amistad embotellada.