El carro

El “carro” no solo existe en las cárceles: también rueda en el Congreso. Una coreografía del poder que revela jerarquías, lealtades… y nuestras propias preguntas incómodas

PORTADAPALOMERⒶ

PALOMERⒶ

8/21/20251 min read

En los 90 me tocó cubrir, como fuente, el penal de Puente Grande. Llegaba en camión desde la vieja central camionera, todo por el camino a Zapotlanejo, hasta ese complejo que en ese entonces estaba rodeado de puro despoblado.

Ahí conocí “el carro”. Los propios internos llamaban así al acto de caminar juntos en los espacios comunes. A la cabeza iba el que mandaba, "El Chaca"; a sus costados, sus más cercanos y sus golpeadores; detrás, quienes se sumaban a la manada para ser vistos como parte de ella. Algo así como el recreo en la primaria, o los burdos comités estudiantiles de la UdeG: el que iba al frente era el líder, y el resto caminaba con él para dejar claro “de qué lado estaban”.

Años después volví a ver el mismo fenómeno en un lugar totalmente distinto: el recinto de San Lázaro, en la Cámara de Diputados. Ahí no se trataba de personas privadas de su libertad, sino de legisladores. Pero la coreografía era idéntica. Al frente, el líder de la bancada; a sus costados, presidentes de comisión y coordinadores; detrás, los diputados que lograron agarrar secretaría o algo; y al final, los que solo iban a levantar la mano cuando tocaba.

La psicología lo explica como instinto de pertenencia y poder. La sociología lo lee como una puesta en escena de jerarquías. La comunicación política lo entiende como mensaje visual: “mira quiénes van conmigo”. En todos los casos, el carro es un recordatorio de que el liderazgo no solo se ejerce con la voz, sino con el cuerpo y con la coreografía del poder.

Entonces, ¿qué tan diferente es realmente el carro del penal y el carro del Congreso? ¿De verdad elegimos representantes… o solo nuevos jefes de pasillo?