El ORNI

Le decíamos ORNI. Objeto Rodante No Identificado. Mis papás la compraron en 1980 y nos llevó a todos lados durante casi dos décadas.

Isaac Guzmán

4/29/2026

Una guayín Nissan roja. Modelo 1980. Parilla en el techo. Mis papás la compraron ese año y nos llevó a todos lados durante casi dos décadas.

Le decíamos ORNI. Objeto Rodante No Identificado. El nombre se lo dio Israel y sus amigos.

Nunca tuvo radio. Nunca tuvo aire acondicionado. La lámina se fue picando y el color rojo desgastando con el sol y los veranos. El piso se abrió por un costado. Muchas cosas dejaron de funcionar como dejan de funcionar las cosas en una casa con seis hijos: poco a poco, sin que nadie levante un acta.

El ORNI nos llevó a Lo de Marcos cada verano. Guadalajara a la costa, la casa del tío Luis, frente de playa. Los últimos viajes los hicimos los nueve. Mi Papá, mi Mamá, los seis hijos varones y Nana Luz. Yo el mayor. Samuel diecisiete años abajo, todavía chiquito. Ocho horas de viaje, cruzar Plan de Barrancas con la guayín cargada hasta el techo. Cobijas. Bolsas con lonches encajadas entre piernas. Alguien cantando. Alguien dormido. Alguien preguntando cuánto falta.

Como olvidar el olor a lonche paseado a medio camino. Nadie se quejó nunca de que no había aire. Nadie se quejó nunca de que no había radio. La guayín servía para llegar al mar, y el mar siempre estaba al final.

Después, mis papás nos la prestaron a Israel y a mí. Para la universidad. Quince años después de comprarla, el ORNI cambió de oficio.

Israel y yo la compartíamos pero nunca al mismo tiempo. Teníamos horarios distintos en el Iteso. Él salía cuando yo entraba. Yo la agarraba cuando él la dejaba. Las llaves iban y venían.

Yo la manejaba con Paco y con Liz, mis primeros amigos de carrera. Después con Chely, entonces mi novia, hoy mi esposa. La guayín que había llevado a una familia entera al mar empezó a llevar también la vida que yo estaba construyendo aparte. Sin darme cuenta, el ORNI dejó de ser el carro de mi infancia y se volvió el carro de mi paso a la vida adulta.

Al final, mi Papá la cambió por una Pointer nueva. No recuerdo qué pasó con el ORNI. No recuerdo si la vendieron, o si la llevaron al deshuesadero. Y eso es raro, porque uno suele recordar los finales. Pero los carros familiares no tienen final. Tienen otra vida, sin uno.

Hay cosas que no se pierden, aunque uno no recuerde el día que se fueron.

El ORNI cargó dos vidas mías. La de los nueve viajando al mar, y la de los dos hermanos compartiendo llaves para la universidad. Cargó la lámina picada y el piso abierto y el motor cansado. Y nos cargó sin radio y sin aire, porque en ese carro la música la poníamos nosotros y el aire entraba por las ventanillas abajo.

Quien tuvo un ORNI, supo lo que era llegar al mar.