Feliz cumpleaños, César
Y hoy, en tu cumpleaños, no tengo una frase bonita. Tengo coraje. Tengo memoria. Tengo miedo. Tengo ganas de decirle a los cobardes que no ganaron, aunque te hayan matado.


Hoy deberíamos estar hablando.
De cualquier pendejada.
De trabajo.
De seguridad.
De los “chicos malos”, como les decías tú, con esa calma rara de quien sabía exactamente de qué estaba hablando.
Hoy deberíamos estar revisando un guion.
Una forma simple de explicarle a la gente cómo cuidarse.
Pero hoy es tu cumpleaños.
Y tú no estás.
Hace casi un año te mataron, César.
Y todavía hay días en que esa frase no entra.
No cabe.
No se acomoda.
La escribo y me da rabia.
La pienso y me da miedo.
La repito y me vuelve esa impotencia de saber que en este país a los buenos también los matan, pero a los cobardes casi siempre les alcanza para esconderse.
Tú no eras un santo.
Eras mejor que eso: eras coherente.
Un hombre claro.
Disciplinado.
Terco.
Incorruptible hasta donde yo te conocí.
De esos que no hacen mucho ruido, pero sí hacen mucho daño a quienes viven de la trampa.
Porque tú sabías.
Sabías cómo se mueve la delincuencia.
Sabías quién finge combatirla.
Sabías dónde se mezclan empresarios, políticos, policías, funcionarios y criminales hasta volverse la misma cosa.
Y aun así no te vendiste.
Eso, en este país, ya es una forma de condena.
Casi un año después, varios de los que perseguías, señalabas o incomodabas desde tu trabajo han caído.
No puedo probar todo lo que quisiera.
Pero estoy convencido de algo: tu trabajo les dolió.
Y hoy, en tu cumpleaños, no tengo una frase bonita.
Tengo coraje.
Tengo memoria.
Tengo miedo.
Tengo ganas de decirle a los cobardes que no ganaron, aunque te hayan matado.
Feliz cumpleaños, César.
No sé dónde se habla con los amigos cuando ya no están.
Pero hoy te digo esto desde acá:
te extraño.
Y aunque a veces el miedo se siente más grande que la rabia, no pienso dejar que tu nombre se enfríe.
Eras mi amigo.
Y lo que te hicieron no se olvida.
