“Solo queremos ir a casa”
La criminalización de la protesta no necesita una orden pública. Se construye con un gesto: seguirlos. Interceptarlos. Rodearlos. Empujarlos. Detenerlos. —“¿Cuál es el delito?”
PORTADAAL ESTILO JALISCO


La policía estatal siguió a los estudiantes manifestantes desde el Parque Rojo y los cercó a un costado de la Rectoría de la UdeG.
Muchos cantaban, como si cantar pudiera proteger: “Qué feo. Que feo. QUE FEO ha de ser, golpear estudiantes para poder comer.”
Luego llega la instrucción que se repite como alarma: “Todos graben.”
Los policías están cerca. Siguen. No se van.
Las voces preguntan, pero no obtienen respuesta:
“¿Cuál es el plan? ¿Cuáles son sus órdenes?” “¿Qué nos van a hacer o qué?”
Otra voz intenta hablarles como humanos: “¿Qué sentirías si uno de tus hijos estuviera aquí?”
Y una frase vuelve una y otra vez, como si pudieran abrir una puerta: “Solo queremos ir a casa.” “Quiero ir a mi casa.”
Hay un momento donde el miedo se escucha completo, sin metáfora:
“Tenemos miedo.” “No queremos que la historia de los 43 se repita con nosotros.”
Se ofrecen a ser revisados, como si eso bastara: “Pueden revisar personalmente mi mochila.” “No hay manera de que comprueben que hicimos algo malo, nosotros tenemos videos.”
Y la frase que insiste, que se clava:
“Ya nos íbamos.” “Ya se había acabado la manifestación.”
Se pide que etiqueten al gobernador. Se pide apoyo. Se pide que miren.
Luego se oye el quiebre: gritos, empujones, golpes.
La misma pregunta estalla repetida, como si al decirla pudiera detenerse todo:
“¿Cuál es el delito?”
Y al final llega la frase que deja un hueco:
“Se acaban de llevar a 4 estudiantes.” “Ya nos estábamos retirando y ellos nos atacaron.”
Lo último que queda no es una consigna.
Es la sensación de estar cercados, de no poder moverse, de que irse a casa se volvió algo que había que negociar.
Y el miedo, el miedo quedó grabado.
